Me gusta estudiar con la ventana abierta y bien pegado a ella. Así, mientras me dejo transportar a aquellos fascinantes mundos medievales y leo acerca de sus monasterios, sus peregrinos, sus nobles, sus monjes y sus campesinos, y acerca de los miedos, pasiones, deseos y aspiraciones de todos ellos, penetran en mi habitación la luz, el aire, el cielo, las montañas, los árboles, los pájaros y los sonidos de mi querida Rascafría, pueblo de mi infancia. Mis idas y venidas a través del tiempo y la historia se ven, así, bañadas por la propia naturaleza —creación, para el cristiano—, que nos recuerda una y otra vez aquello que para el Poverello de Asís constituía el secreto de la sabiduría: vivir y descansar en el tiempo de Dios. Acelerados y agobiados, nos obstinamos en aferrar, exprimir y apurar hasta el último minuto el día que —aunque no nos demos cuenta— se nos ha concedido de nuevo. Y, así, ciegos, queriendo no perder el tiempo, lo perdemos. Queriendo aprovecharlo, lo malgastamos. Es lo que, más allá de la pantalla de mi ordenador, intuyo que trata de decirme el baile de los árboles al jugar del viento y al cantar del pájaro.

Hoy, por segundo día consecutivo, me visitan a través de la ventana dos niños —hermanos, presupongo—, de unos seis y ocho años aproximadamente. Vienen de expedición, a coger moras, quizá para hacer mermelada con su abuela, o quizá para comérselas a la sombra de un árbol mientras su abuelo les cuenta historias. Observan detenidamente los arbustos que crecen a los pies de un altísimo árbol en busca de las moras más gordas y negras —las más dulces y jugosas—; las otras, las dejan en su sitio, sabiendo que el tiempo —su tiempo— las hará madurar hasta que puedan cumplir su función. Como a ellos. Como a mí.

Esos niños que veo a través de mi ventana me transportan a mi infancia, esa época de la vida en que uno aún no ha desaprendido a vivir en el tiempo de Dios. Al verlos me invade una tierna nostalgia, similar a la que experimento asomándome a través de la ventana de los libros a las civilizaciones del pasado. Nostalgia de Vida y de Bien. “Placer nostálgico de una lucha contra la muerte” que, según un célebre medievalista, acompaña a todo aquel que desempeña este hermoso oficio.

Salvo por la mascarilla que cubre sus rostros, esos niños podrían ser yo mismo hace poco más de quince años, cuando recorría junto a mis hermanos este valle del Lozoya —que no de lágrimas—. También nosotros salíamos de casa y nos perdíamos entre árboles y arbustos en busca de moras, de ríos o de cualquier otra cosa que nos hiciera percibir la vida como una aventura.

Acometen su empresa en escasos quince minutos. A saber cuánto tiempo ha pasado para ellos. Transcurrido el cuarto de hora, deciden que ya es suficiente y marchan de nuevo a casa contentos, cada uno con su recipiente lleno de moras. Mañana, supongo, volverán. Yo estaré aquí, sumido no sé en qué siglo, tratando de dejar que la Vida que se despliega ante mí cada instante me recuerde cómo vivir en un Tiempo con Sentido y tratando de no traicionar ese deseo de “que mis días se abran paso entre la maleza del camino hacia lo eterno”, en palabras de otro gran compañero de viaje. Mañana, espero, volverán.

 

[Rascafría, 28 de agosto de 2020]

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